

El sábado me adentré en el retorcido universo de «El cuarto de Verónica», la perturbadora creación de Ira Levin, el genio detrás del escalofriante clásico «El bebé de Rosemary». Su éxito de taquilla es totalmente merecido.
La trama nos introduce en un intrigante juego cuando una joven pareja en Boston se cruza con un matrimonio de ancianos fascinados por el parecido de la muchacha, Susan, con su difunta Verónica. Lo que comienza como una inocente visita a una mansión para observar un retrato, rápidamente se transforma en una pesadilla asfixiante.
Con una habilidad magistral para tejer la tensión, Levin nos arrastra a un torbellino de manipulación y encierro. Susan, convencida inicialmente de hacerse pasar por Verónica, se ve atrapada en una tortura psicológica donde la línea entre la realidad y la fantasía se desdibuja peligrosamente. Somos testigos del preámbulo de un juego perverso, donde la oscuridad que emana del resto de los personajes nos envuelve en sensaciones inquietantes.
La magia de «El cuarto de Verónica» reside, tal como lo intuyó su autor, en la experiencia presencial en la sala teatral. La inmersión es total, manteniéndonos inmóviles en la platea, expectantes ante cada giro inesperado. Y es precisamente la brillante interpretación de su elenco, conformado por Silvia Kutika, Fabio Aste, Adrián Lazare y Clara Saccone, la que logra transmitir con creces esta atmósfera opresiva y perturbadora.
Considerada un clásico del teatro de suspenso, «El cuarto de Verónica» ha cosechado un éxito ininterrumpido desde su primera función en Argentina, agotando localidades y confirmando su vigencia. Si buscas una experiencia teatral que te mantenga al borde de la butaca, debatiéndote entre la incertidumbre y la sorpresa hasta su inesperado final, no puedes perderte esta joya del thriller psicológico.






